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Relatos y experiencias

Palabras que muestran

Por Sebastián Satke

Para todas las edades

Introducción

Antes de 2009, mi vida giraba en torno al arte: el teatro, la literatura, la filosofía, la psicología y la enseñanza. Luego, la montaña ocupó ese lugar, y durante años el cuerpo, el esfuerzo y la experiencia pasaron a ser el centro.

Pero escribir nunca se fue. Aunque nunca me animé a publicar nada. Pero todo llega a su fin. Así, la vergüenza de mostrar mis textos un día tuvo su fin.

¿Cuál fue el principio de ese fin? Enseñar Shakespeare en una escuela marginal en el departamento de Las Heras, en la ciudad de Mendoza, Argentina.

Parte 1

Ver el rostro de aquellos adolescentes llenos de entusiasmo ante un texto que la profesora de Lengua consideraba demasiado para ellos despertó algo en mí. Ahí entendí que solo podemos transmitir lo que nos apasiona. En ese momento, yo estaba leyendo Shakespeare, y no busqué esas adaptaciones para las escuelas, sino que utilicé el mismo libro que estaba leyendo.

Por supuesto, lo primero que sucedió fue que la mayoría no entendía muchas palabras. Cosa que solucioné fácilmente: diccionario y paciencia.

Luego, cuando aprendieron el significado de aquellas nuevas palabras, pudieron entender una página, luego otra, hasta que uno de ellos dijo:

—Profe, esto es como la novela que ve mi tía.
—Claro —respondí sonriendo, y continué—, pero en esa época no había televisión.

A partir de ese día, siempre con la necesidad del diccionario, Shakespeare se hizo presente en la clase.

Esos alumnos tendrían entre 13 y 17 años. Muchos de ellos con antecedentes penales, otros con heridas de bala y otros con recuerdos que no merece la pena exponer acá.

Por supuesto, cada vez que iba a la sala de profesores, la queja era la misma:

—No quieren hacer nada. No se quedan quietos, no se callan…
Parte 2

Otro suceso que encendió una chispa adentro mío fue en Alto Verde, una localidad al este de la ciudad de Mendoza, llena de viñedos, familias de muy bajos recursos y una escuela que no sé cómo hacía para subsistir.

En aquel entonces, yo siempre llevaba libros en mi mochila. Un día la dejé olvidada sobre el escritorio del curso y me fui a la sala de profesores. A mi regreso, me di cuenta de que faltaba un libro, pero no dije nada.

A la semana siguiente volví, y una alumna de 13 años me confesó que ella era la que se lo había llevado "sin darse cuenta". Pero lo que me llamó más la atención fue lo que me dijo:

—Profe, ¿qué tiene ese libro que no puedo dejar de leerlo?

Se trataba del cómic El Eternauta.

A la semana siguiente me confesó que lo estaba leyendo su madre, luego pasó por su tía y a los meses me lo devolvió. Yo, sabiendo que no había copias de aquel maravilloso libro, hablé con la directora e hizo un pedido de 20 copias.

Por otro lado, en la sala de profesores, la profesora de Lengua en ese colegio también se quejaba de que no querían leer. Sus clases giraban en una sola consigna:

—Ahora respondan: protagonista, argumento, tema y escriban lo que entendieron.

Eso era todo. Y eso fue para muchos… para mí también cuando iba a la escuela. Odiaba leer.

Ahora entiendo por qué. Tristemente, y me hago cargo de lo que digo, muchas instituciones educativas son responsables de que muchos hayamos odiado leer.

Parte 3

Por suerte, en casa, desde chico, siempre tenía acceso a los libros de mis padres. A los 4 años me gustaba leer el diccionario y, sobre todo, un libro increíble: Cosmos, de Carl Sagan.

A los 5 años ya sabía el orden de los planetas, el nombre de las galaxias, el nombre del número con mayor cantidad de ceros conocido, "el gugol", y otras cosas súper interesantes.

A la misma edad, mi madre me llevó a comprar un libro, y elegí uno de anatomía, no de "chicos", por supuesto, donde se describían los órganos del oído interno.

Luego, en mi adolescencia, mientras que en la escuela solo era responder a la consigna de completar con argumento, tema y personaje principal, en mi casa leía a Ray Bradbury, Astérix y la revista argentina Skorpio, que tenía eso tan especial que no podía dejar de leerla.

Pero algo siempre se repetía: no importaba si era ciencia, ficción o anatomía. Si estaba contado de una forma simple, directa y sin vueltas, atrapaba. Y mucho.

Parte 4

El punto es que yo, siendo docente, veía cómo la mayoría de las profesoras de Lengua caían en enseñar "la forma", y no en qué mostrar y cómo hacerlo. No estoy diciendo que no sea importante conjugar como corresponde los verbos y esas cosas, pero una cosa es escribir y otra cosa es… escribir. Ustedes me entienden.

Cuando yo les pedía a mis alumnos que escribieran una obrita donde mostraran un conflicto con un hermano, se peleaban para pasar al frente y actuar sus peleas de hermanos. Tenían que mostrar… no describir. Y eso lo cambiaba todo.

¿A quién no le gusta mostrar? ¿Acaso un niño no muestra su juguete nuevo a un amiguito o la visita de la casa?

Es casi un instinto mostrar.

De hecho, es —creo yo— uno de los puntos más importantes para escribir.

Ejemplo:

a: entró enojado a su casa
b: llegó resoplando como búfalo, agarró el picaporte como estrujando una naranja y jaló tan fuerte que se le quedó en la mano. Entró a su casa y pateó al gato, que cada día lo esperaba con un maullido y un ronroneo.
Parte 5

Hoy le haría una pregunta a esas profesoras de Lengua que nos alejaron de la lectura: ¿importa tanto pasar horas distinguiendo el personaje principal y escribir un resumen?

¿Qué pasa con lo que se siente al leer? ¿Qué genera? ¿Qué le sucede al cuerpo? ¿Qué imágenes crea una lectura, qué olores, qué emociones, qué matices emocionales, etcétera?

Por suerte, no todas las personas que han enseñado Lengua han sido así. Pero sí, la mayoría de mis amigos ha empezado a leer de grandes, y sí, odiaban leer en la escuela.

Por otro lado, y como hoy me gusta decir: las palabras en un libro son como una partitura. El centro no es el pentagrama ni las corcheas, sino cómo se escucha dentro de tu cabeza.

Escribir es lo mismo. Las palabras no son el centro, sino un puente, como las corcheas con la música. Esos "bichitos", como las nombraba Tarzán en la novela de E. Rice Burroughs, están para generar todo lo necesario para que uno vea, sienta, escuche y huela lo que un texto ofrece.

Por lo que escribir termina siendo… simple. Que no es lo mismo que fácil.

Pero lo más importante es tener algo para mostrar, y cosas para mostrar… tenemos todos. Luego, la forma suele crearse sola. ¿A qué me refiero? A que eso que queremos mostrar encuentra su propia forma de ser contado, sin forzarlo.

Todos tenemos ese niño que quiere mostrar el juguete nuevo a los amiguitos.

Simple. Pero nunca fácil.

Sebastián Satke

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