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Relatos y experiencias

Aconcagua 2023–2024: “Scotty”

Por Sebastián Satke

Para todas las edades

Introducción

A principios de 2023, un día cualquiera, estaba limpiando el baño de mi casa y, mientras luchaba por sacar el sarro de los sanitarios, recibí un mensaje de un tal Scotty.

Scotty era amigo de John, quien hacia el año 2020 había intentado escalar el Aconcagua conmigo, pero no logró llegar a la cima. Aun así, había quedado muy conforme con mi labor como guía.

John le habló de mí y así fue como Scotty terminó escribiéndome con la idea de subir el cerro Aconcagua.

Le envié la información necesaria: equipo, duración de la expedición y algunas cuestiones importantes. Por ejemplo, en Argentina no iba a poder usar el cajero automático para retirar suficiente dinero y, en muchos lugares, tampoco podría pagar con tarjeta.

Nos mantuvimos en contacto y, una vez confirmada la expedición, nos encontramos en el hotel el día convenido. A ese día lo voy a llamar: Día 1.

Día 1

Llegué al hotel, en la ciudad de Mendoza, y Scotty tenía todo su equipo desplegado en la habitación. Parecía más una tienda de montaña que una habitación de hotel. Sin embargo, le faltaba un par de mitones adecuados para la montaña que íbamos a ascender. Créanme: en el Aconcagua, el frío se hace sentir de verdad.

Después de recorrer varios locales, terminó comprándolos; alquilarlos le costaba casi lo mismo.

Ese mismo día cenamos una jugosa tira de asado en "El Asadito" y, antes de las nueve de la noche, nos despedimos. Quedamos en vernos al día siguiente a las 8 de la mañana en el hotel.

Día 2

Nos encontramos, hicimos un último repaso del equipo y, a las 9 de la mañana, el transfer nos pasó a buscar para llevarnos a Puente del Inca (2.719 m s. n. m.), donde íbamos a entregar la carga a los arrieros.

Desde la ciudad de Mendoza hasta Puente del Inca se tarda aproximadamente tres horas, siempre y cuando no haya demasiados camiones. La Ruta 7 es una vía internacional que une Argentina y Chile, y los camiones de carga son moneda corriente.

Una hora y media después de haber salido del hotel, nos detuvimos en Uspallata.

Uspallata es una localidad andina, ubicada a unos 2.000 m s. n. m. Fue uno de los puntos de concentración de las tropas del Ejército de los Andes, donde una de las columnas, al mando de Juan Gregorio de Las Heras, se preparó para el cruce.

En 1817, estas fuerzas atravesaron la cordillera a través del paso de Uspallata, con el propósito de liberar a Chile del dominio de la corona española.

Con el tiempo justo, compramos empanadas y algo para beber, y continuamos el viaje. No había tiempo que perder. El plan era continuar ese mismo día hasta Confluencia (3.400 m s. n. m.), donde pasaríamos la primera noche.

Llegamos a Puente del Inca y, sin perder tiempo, le entregamos la carga a los arrieros.

Con una mochila pequeña —en la que llevábamos solo tres litros de agua, sándwiches, fruta y una campera de abrigo— nos subimos al transfer y partimos hacia Horcones.

Horcones es la entrada principal al Parque Provincial Aconcagua (2.950 m s. n. m.), donde comienzan la mayoría de las expediciones por la ruta normal. Allí se realizan los controles de ingreso, se presenta el permiso y se da el primer paso real dentro de la montaña.

Presentamos los permisos y, una vez completado el trámite, comenzamos el trekking hacia Confluencia.

El día estaba perfecto para caminar: una leve brisa suavizaba el calor, algunas nubes —las justas para filtrar el sol— y una temperatura ideal para avanzar sin transpirar, pero sin pasar frío.

Luego de tres horas de caminata, y con el cuerpo pidiendo unos buenos mates, llegamos a Confluencia. El staff de Aconcagua Visión nos estaba esperando con frutas, jugo y abrazos de bienvenida.

A las siete de la tarde cenamos, como es habitual.

Teníamos la idea de continuar al día siguiente hacia Plaza de Mulas (4.350 m s. n. m.), ya que Scotty contaba con pocos días y se trataba de una expedición más corta que las tradicionales. Sin embargo, alrededor de las 2 de la madrugada, tuvo sus primeros síntomas de mal de altura: dolor de cabeza, náuseas y vómitos.

—Mañana nos quedamos —le dije sin dudarlo.

Él aceptó y, tras un buen té caliente, se fue a dormir.

Día 3

A las nueve de la mañana nos estaban esperando con el desayuno. Scotty no había dormido prácticamente nada y su estado era más para seguir en cama que para continuar con la expedición.

Pero no hay nada que unos buenos mates no puedan arreglar. Así que, tras animarse a probar unos ricos amargos, seguidos de un café —no podía traicionar su costumbre, viniendo de Estados Unidos—, minuto a minuto empezó a sentirse mejor.

El día estaba soleado y hacía calor. Salimos del domo y, con el mate en mano, fuimos a sentarnos bajo el sol.

Mate, risas, charlas… y un visitante inesperado.

Un cliente —de otro grupo— que había decidido abandonar su expedición estaba buscando ayuda para regresar a Mendoza. Decía no tener suficiente dinero para pagar el transfer.

Hice algunas llamadas y le conseguí un transporte a mitad de precio, pero él dudaba en aceptar la propuesta.

Al verlo dudar de nuestra ayuda, ese día no volvimos a hablar del tema. De todos modos, días después, con Scotty nos enteramos de que, tras intentar pagar menos en todo el campamento, al final aquel extraño había elegido pagar el transfer que decía no poder afrontar.

Solo nos reímos de la situación.

El día extra en Confluencia vino como anillo al dedo. Scotty recuperó fuerzas y algo de la moral que había lanzado junto con la comida la noche anterior.

Nos tocaba el chequeo médico.

Pese a su estado la noche anterior, Scotty ya estaba en condiciones de seguir ascendiendo. Los médicos nos dieron el OK.

Esa noche, el staff de Aconcagua Visión nos deleitó con un riquísimo asado, que por suerte Scotty pudo disfrutar.

Mate, asado y té caliente antes de dormir; y esa noche Scotty durmió como un bebé, en brazos de Morfeo.

Día 4

Scotty despertó con una sonrisa. Al verme, lo primero que dijo fue:

—I'm ready. Let's go!
—Estoy listo. ¡Vamos!

Desayunamos y, alrededor de las 7 de la mañana, salimos hacia Plaza de Mulas (4.350 m s. n. m.).

Los primeros minutos fueron a la sombra, con una brisa más bien fresca. Con el transcurrir de las horas, el sol se hizo presente, pero, aunque no había ni una sola nube, no hizo demasiado calor.

Es común que en ese trayecto uno se sienta en medio del desierto del Sahara, donde el sol parece quemarte y no hay una sola sombra para descansar durante horas.

Además de la temperatura, ese día fue grato porque no nos encontramos con demasiada gente. Suele suceder que ese trayecto se parezca más a una peatonal que a una montaña.

Tras ocho horas de caminata, al fin llegamos a Plaza de Mulas (4.350 m s. n. m.).

El staff de Aconcagua Visión nos estaba esperando con una gran variedad de frutas, pizza, jugos, té y alguna que otra cervecita.

Lo que quedó del día fue hidratarse, descansar, y comer —como si fuera la última vez, en mi caso—, ya que Scotty se conformó con un par de bocados.

Día 5

Día de descanso y chequeo médico en Plaza de Mulas.

Scotty durmió bien esa noche. Su saturación de O2 y sus pulsaciones eran normales. Los médicos nos dieron el OK para seguir ascendiendo.

Día 6

Día de descanso en Plaza de Mulas. Caminamos por los alrededores del campamento para seguir aclimatando el cuerpo.

Día 7

Día de descanso y de chequeo médico.

La saturación de O2 de Scotty y sus pulsaciones eran normales, al igual que su presión arterial. De vuelta, los médicos nos daban el OK para seguir ascendiendo.

Al día siguiente, movíamos a Canadá.

Día 8

A las nueve de la mañana nos encontramos en el domo para desayunar. Esa noche, Scotty había dormido un poco mejor.

Terminamos de desayunar y, tras revisar el equipo, las mochilas y ajustarnos las botas, emprendimos el camino hacia Canadá.

Fue una ascensión lenta. No pasaba más de noventa minutos sin que hiciéramos un stop para hidratar, picar algo y descansar. Además, volver a ponernos protector solar en el rostro.

Uno gasta fortunas en protector solar en la montaña. A cada rato hay que volver a aplicarlo, pero termina saliendo más caro un problema en la piel.

Paso a paso, en poco más de tres horas, llegamos a Canadá.

Ese día, los porteadores, además de llevar parte de nuestro equipo, nos dejaron las carpas armadas. Un lujo.

Quizá muchos no lo sepan, pero llegar a un campamento en altura y tener que armar carpas desgasta mucho y, en caso de tormenta —que no era nuestro caso—, es una tortura.

Pero no todo era lujo y comodidad. El agua disponible para beber estaba en pésimas condiciones: tenía más olor a azufre que a agua potable y su efecto era más potente que cualquier laxante.

Recuerdo a alguien que, entre gestos de preocupación, sonrisas de resignación y cierto disgusto, volvía a su carpa sin haber tenido tiempo de bajarse los pantalones.

Con Scotty, ese día, habremos ido al baño más de cinco veces. Eso nos hizo cambiar los planes: ya no íbamos a quedarnos un día más en Canadá.

Llamé por radio a Plaza de Mulas y les avisé que al día siguiente moveríamos al campamento 2, "Nido de Cóndores" (5.400 m s. n. m.). Iba a necesitar a los porteadores a las diez de la mañana.

Me confirmaron para esa hora. Cenamos unas pastas, apenas bebimos agua y nos fuimos a dormir.

Día 9

Nos despertamos con la boca seca. Desayunamos apenas un café y, a las diez de la mañana, con la llegada de los porteadores, emprendimos la ascensión.

Fue un día largo. Llegamos a las seis de la tarde. Hacía mucho frío y el viento, por momentos, parecía querer tirarnos al suelo.

Llegamos y los porteadores ya nos habían armado las carpas. Unos verdaderos profesionales.

Una vez instalados, fui a buscar agua. No olía a azufre ni hacía de laxante, y no paramos de hidratarnos.

Cenamos y nos fuimos al mundo de Morfeo.

Día 10

Día de descanso.

Aunque, para alguien que no está acostumbrado a estar a más de 5.000 m s. n. m., "descanso" es una forma de decir. A 5.400 m s. n. m., el cuerpo hace un verdadero esfuerzo solo para vivir.

Ese día caminamos por los alrededores del campamento y, pese al poco hielo que encontramos, nos pusimos los grampones y practicamos caminar con ellos.

En cuanto al agua, la íbamos a buscar a una pequeña laguna. Aunque parecía ser el agua más pura del planeta, había que hervirla. Nunca se sabe si —por ignorancia— otras personas la han ensuciado.

Ese día había que tomar más de 5 litros de líquido, y lo hicimos. Con el precio de hacer pis a cada rato.

Cenamos temprano. Scotty esa noche no durmió muy bien; de hecho, no durmió nada.

Día 11

Segundo día en Nido de Cóndores.

Salimos de la carpa recién cuando el sol tocó las carpas.

Desayunamos sin apuro y el plan era ascender hasta los 6.000 metros y volver.

Llegamos a los 5.800 metros.

Esa noche, Scotty al fin pudo dormir.

Día 12

Tercer día en Nido de Cóndores.

Scotty se sentía mejor. Incluso tenía hambre. Muchas veces, los síntomas del mal de altura incluyen la pérdida de apetito.

Bebimos, comimos y descansamos. Al día siguiente teníamos que mover al campamento 3, "Cólera" (6.000 m s. n. m.), desde donde íbamos a intentar la ascensión a la cumbre, sin más días de descanso.

Avisé a Plaza de Mulas para que los porteadores llegaran a las diez de la mañana. Y nos fuimos a dormir.

Día 13

Scotty había dormido bien. Nuevamente.

Desayunamos temprano, ordenamos el equipo y, con la llegada de los porteadores, empezamos a caminar.

No había vuelta atrás: ese día íbamos a alcanzar los 6.000 m s. n. m.

Repitiendo lo de días atrás, cada una hora aproximadamente —o menos— hacíamos un stop. En una de esas paradas, mientras tomábamos té caliente, los porteadores nos pasaron como si fueran paseando. Por supuesto, nos armaron las carpas.

Con Scotty caminamos más de tres horas ese día. Pero al fin llegamos al campamento 3, "Cólera".

"Primera cumbre": llegar a los 6.000 metros de altura y dormir ahí.

Ese día, casualmente, era el cumpleaños de Rodolfo, un amigo que se encontraba en la ciudad de Tandil, provincia de Buenos Aires, Argentina.

Mis amigos porteadores no dudaron en mandarle un saludo, aprovechando la buena señal de internet.

Esa noche: pastas. La clásica cena previa al día de cumbre.

Día 14

A las tres y media de la madrugada preparé el desayuno: café, mate, té y cereales. La mañana —aún de noche— estaba totalmente despejada, sin viento, y las estrellas brillaban como nunca.

Con las botas bien ajustadas y los crampones colocados, emprendimos la ascensión a la cumbre más alta de América.

Pasito a pasito, íbamos avanzando. Un paso tras otro. Pero ese día parecía que, a Scotty, con cada paso, la montaña le iba robando parte de sus pulmones. No por edema, sino por cansancio.

Aún de noche, llegamos a una gran roca. Él estaba preocupado y le costaba mantener la respiración.

—Scotty, olvidate de la cima. Mirá hacia arriba. Mirá ese cielo, esas estrellas. Estar acá ya es una cumbre.

Le dije, mientras tomábamos té caliente.

Pasaron unos minutos y respondió:

—Let's go.
—¡Vamos!

Y seguimos ascendiendo.

Cada paso le costaba, cada respiración sonaba como un tren de carga, pero Scotty, paso a paso, seguía su ascensión.

Con el sol calentando el cuerpo, me seguía sin dudarlo, pero, luego de cada parada para descansar, el ritmo era aún más lento. Como si el solo hecho de detenerse le quitara más energía.

Cada minuto que pasaba parecía agregar más peso a su mochila. Y, tres horas después de haber salido de Cólera, habíamos hecho lo que se suele hacer en menos de dos.

Era evidente que ya no había opción de llegar a la cima. Sobre todo porque, con cada metro que ascendíamos, Scotty perdía cada vez más fuerza.

No era prudente continuar. Tal vez hubiera servido para el orgullo personal, el hecho de llegar un poco más arriba… pero no es mi estilo a la hora de guiar.

Si hay algo que es guiar, para mí, es ofrecer seguridad. Subir una montaña lo hace cualquiera. Pero hacerlo con seguridad, y con la certeza de bajar sano y salvo, es otra cosa.

Hicimos el último stop, tomamos té caliente, jugo, nos pusimos protector y le expliqué la situación.

Él la entendió perfectamente y emprendimos el descenso.

Cuando llegamos a Cólera nos dimos cuenta de que aún era temprano. Y, aunque no parezca, Cólera estaba un poquito más abajo de donde habíamos llegado y Scotty se sentía un poco mejor.

Seguimos con la hidratación y le hice una propuesta: bajar directamente a Plaza de Mulas. Su problema no era falta de fuerza física, sino que la altura había hecho efecto en su organismo y le había quitado toda la fuerza que tiene a nivel del mar.

Scotty no dudó en aceptar mi propuesta.

Avisé por radio que emprendía la bajada y, dos horas después, en Nido de Cóndores, Scotty ya se sentía mucho mejor.

Continuamos con jugo y té en Nido de Cóndores y, tres horas después, llegamos a Plaza de Mulas.

Asado de bienvenida en Aconcagua Visión.

Al otro día bajábamos directo a Horcones, pero Scotty me invitó a bajar con él en helicóptero. Feliz como perro con dos colas, esa noche festejamos y nos fuimos a dormir.

Día 15

Desayunamos y, minutos más tarde, ya estábamos viajando en helicóptero rumbo a Horcones, donde nos esperaba el transfer para regresar a Mendoza.

Por supuesto, no faltaron las empanadas en Uspallata y, al día siguiente, otro asado en la ciudad de Mendoza.

¿Fue un fracaso? En absoluto. Nunca es un fracaso volver sin la cima. Un fracaso es perder un dedo por el frío o morir. Y en alta montaña eso es una de las tantas cosas que pueden suceder.

Gracias a que no fue un fracaso, sino una decisión, en la temporada 2024–2025, con Scotty… hicimos cumbre. Pero esa… esa es otra historia.

Sebastián Satke

Agradecimientos

A Park-Hyatt, Aconcagua Visión y El Asadito. A los porteadores y campamenteras, y a Sabrina por su increíble servicio. A Scotty por confiar en mí, y a John.

Fotos de la expedición
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Video de la expedición
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